Parecer paisaje

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Fotografías: Aitor Sorreluz

EUS

Al pie de la fachada de Arantzazu, Jorge Oteiza explica el Friso de los Apóstoles. La cámara recorre su figura, atraviesa sus manos inquietas y fija la imagen en las formas de piedra ancladas en el muro; cóncavas, desentrañadas y expuestas. Acompañado por sus gestos, el artista sostiene que las oquedades que gobiernan estas corporalidades no son sino el reflejo de la formas de los montes circundantes y que su papel ha sido el de simple mediador, encargado de traducir la estética de lo natural a su proyecto creativo.

La afirmación de Oteiza, registrada en un documento audiovisual conservado en su Museo de Alzuza,  encierra una contradicción intrínseca, un contenido de verdad y otro que se escapa de ella. Lo veraz tiene que ver con la propia literalidad de su explicación, la relación formal de las formas pétreas de las sierras de Elguea y Aitzkorri con las de sus apóstoles. Y lo que se escapa del sentido de la palabra dicha es la experiencia de una naturaleza que existe en cuanto que es vista de un modo concreto por el artista, a través de una mirada fijada como parte de un fenómeno cultural de representación colectiva. Aquí la naturaleza no es lo que supuestamente remite a su ser, sino lo que se percibe. Por tanto, cuando Oteiza identifica un elemento con el otro, está verbalizando el proceso propio de la creación artística, consistente en la sustitución de la literalidad de lo natural por la representación simbólica.

La consciencia de los mecanismos de lo simbólico es precisamente lo que articula las dos propuestas de Elisa Gallego Picard –Maqueta de un paisaje– y Antonio Guerra –Comportamiento para un simulacro– que configuran este proyecto. Ambas, desde sus propios lenguajes, plantean una interrogación permanente de la idea de lo natural, apropiándose de sus recursos estructurales y formales para indagar en los mecanismos que articulan su condición especular. Caídos los ídolos encarnados en la naturaleza,  la confrontación con el paisaje acaso proyecta una imagen de nosotros mismos.

Maqueta de un paisaje utiliza el lenguaje para cuestionar la propia literalidad de su enunciado. El proyecto de Elisa Gallego no es propiamente una maqueta, ni construye un paisaje, sino que juega con elementos que lo componen desde su condición disgregada y resonante. Su trabajo indaga en la manera en la que la representación se constituye a partir de la confrontación de materiales que cruzan las formas geométricas esenciales con el tejido estructural del entorno. Las diversas combinatorias que articulan su desarrollo expresan la tensión de la reconstrucción permanente, de la búsqueda de una forma ideal que nunca se alcanza, a la vez que establece nuevas relaciones de coexistencia entre materia, estructura y lugar. Este proceso de reconfiguración se muestra con sus propios límites y faltas,  generando un universo de suturas en el que la fragmentación y el encuentro se revelan como las herramientas conceptuales y simbólicas de los nuevos cuerpos.

En Comportamiento para un simulacro, la estructura de lo real aparece permanentemente cuestionada. A partir de un proceso de apropiación, Antonio Guerra indaga en las condiciones formales de lo natural para incorporarlo a su trabajo visual, en un continuo desplazamiento entre forma y e imagen, que genera un extrañamiento propio de lo que se escapa a lo reconocible. Sus impresiones fotográficas adoptan formas que, aparentemente, no le corresponden y, en ese proceso de reformalización,  la imagen deviene máscara y genera nuevas estructuras de significado. Su tratamiento de la superficie como trampantojo intensifica la a separación entre apariencia y ser, inaugurando un nuevo estadio en que la obra de arte se carga de sentido y cuestiona nuestros modos de ver.

 

J.P. Huércanos